5.6.10

El marica (Abelardo Castillo)

Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.

Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo como fue. Cuando uno es chico, encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Sólo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez, dijo con voz de flauta: “adiós los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

—Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.

—Soltame —dije.

A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose. Acaba por reírse de macho que es.

Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

—Sabés, te admiro.

No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

—Es un marica.

—Déjense de macanas. Qué va a ser marica.

—Por algo lo cuidás tanto…

Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta —uno también elige—, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato. Me pasaron un dato, dijo, que por las quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al machón, al César. Y yo dije macanudo.

—César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.

—¿Con los muchachos?…

—Sí. Qué tiene.

—Y bueno, vamos.

Porque no sólo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles.

—Abelardo, vos lo sabías.

—Callate y entrá.

—¡Lo sabías!

—Entrá, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes: siete por cinco treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una cosa, una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto. Estaban, todos estábamos asustados como locos. A Roberto le tembló el fósforo cuando me dio fuego.

—Debe estar sucia.

Después, el negro salió de la pieza y venía sonriendo. Triunfador. Abrochándose.

Nos guiñó un ojo.

—Pasa vos, Cacho.

—No, yo no. Yo después.

Entró el colorado, después Roberto. Y cuando salían, salían distintos. Salían no sé, salían hombres. Si, esa era la impresión que yo tenía.

Después entré yo. Y cuando salí, vos no estabas.

—¿Dónde está César?

No recuerdo si grité, pero quise gritar. Alguien me había contestado: disparó. Y el alemán —un ademán que pudo ser idéntico al del negro— se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

—Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

—Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

—Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

—Lo sabías.

—Volvé.

—No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

—Volvé, ¡Animal!

—Por Dios que no puedo.

—Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

—Bruto —dijiste—. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

—Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité.

Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.

Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros.

Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

30.5.10

finally

me acerco, lentamente, a un invierno de mierda

domingo

necesito alguien me parche un poco y que limpie mi cabeza
que me haga pensar en cosas lindas
todo en rojo
violeta
verde
naranja
amarillo
azul
con quien pueda quedarme todo el domingo en la cama
que me haga ojitos cuando dice algo divertido
i need someone to love
(and she's leaving home)

3.5.10

dos gorilas se saludan

en este momento
mirtha legrand le entrega el martín fierro de platino (que lo elige "la" la gente)a susana giménez

1.3.10

EN TU CARA, JENKINS

para que veas que no son tan groso, que podemos no cursar tu materia y aprender igual




cómo no cursar una materia, estudiar 15 días, trabajar, y sacarse un 9 rindiendo libre una materia



en tu cara, Jenkins, porque tomaste parcial cuando mataron a Fuentealba y no te importa nada de nada, más que el contractualismo del orto y el boludo de Durkheim (que, insisto, de dónde sacaba las estadísticas????)




bueno, Joaco (quedandome.blogspot.com) dice que no desconfíe de Durkheim con motivos que me parecen válidos
y porque él es más ñoño que yo, lo menciono

14.2.10

autonomía

No tener que dar explicaciones

Elegir qué hacer, cuándo, cómo, dónde y con quién-es

Hablar como te gusta hablar

No depilarte si no querés

No depilarte porque te encanta la cara de confusión de la gente en el subte

Depilarte porque encanta tocarte las piernas y sentirlas suavecitas

Depilarte porque te cabe la cera caliente

Usar bikini con panza, pelos y estrías y reirte a carcajadas de la portada de la revista Gente

Usar un corpiño deportivo y un sort para meterte al agua

Reirte hasta más no poder a las 3 de la mañana porque no te acostarías con una piba que tiene una remera que dice “insert love here”

Llenarte de nervios cuando le das un beso a una chica por primera vez y son las 6 de la tarde en Coronel Díaz y Santa Fe

Irte a Uruguay y encarar a la masajista de Punta del Diablo

Vivir con quien quieras vivir

Ser la misma persona adentro y afuera de tu casa

O no serlo, pero a conciencia

Activar para cambiar el mundo

Y que sea rojo, naranja, amarillo, verde, azul, violeta, de todos los colores

Activar adentro para que tus compañerxs no te miran con esa cara cuando besás a una chica

No besar a esa chica que no te gusta porque hace mucho que no besás a nadie

Leer todo lo que quieras leer

Viajar todo lo que quieras viajar

Comer lo que quieras comer

Coger como quieras coger

Dormir como quieras dormir

Vivir como quieras vivir

Vivir para ser libre y feliz

tiene un precio, alto, pero que vale la pena

nuestra venganza es ser felices

2.2.10

¡Basta!

TN
Crónica
C5N
América
América 24
Canal 26
Telefé:

Todos ustedes me tienen HARTA con la sensación térmica, el alerta amarillo-naranja-rojo, los cuidados para afrontar el calor, las entrevistas a lxs playerxs sobre cómo hacen para aguantar el calor y los beneficios de estar en la playa, los atrasos de los micros en Retiro (¿desde cuándo les sorprende la impuntualidad "argentina"? ¿no se dieron una vueltita por Liniers?), el calor de lxs que esperan, lxs retrasos de los vuelos en Aeroparque y Ezeiza (se están yendo de vacaciones en avión, ¡que esperen un rato!), la inseguridad que vive la gente que se fue de vacaciones y dejó sus casas vacías (fonómeno social aparantemente nuevo, ¡falta memoria periodísitca!); las entrevistas a la gente que está en las playas de la Ciudad (¡no son playas!); llamados telefónicos o incluso, entrevistas en piso a médicxs que hablan sobre los alimentos y líquidos para el calor; ni hablar de lxs varadxs en Perú (vean 678 del lunes en la web de la Televisión Pública) que, pobrecitxs, se quedaron ahí 6 días...

Pero, sobre todo, me tienen harta con la cara de pelotudxs que ponen todxs ustedes cuando hablan del calor. Forrxs, están en un estudio con aire acondicionado, en cada corte, les secan la frente, les retocan el maquillaje, les dan café nuevo y medias lunas frescas, ¡no me jodan!
¿Realmente les preocupa cuándo va a llover? ¡Dejen de contaminar y va a llovar más rápido y mejor!
Dejen de quejarse, si no van a buscar soluciones

Y eviten, por favor, echarle la culpa al gobierno por el calor. Porque, a demás, 34ºC en la Ciudad de Buenos Aires, NO es algo raro. Han pasado veranos enteros de sensaciones térmicas de más de 37ºC. Ahora no se me vengan a hacer lxs que no se acuerdan, ¡porque hacían las MISMAS notas!


Señorxs Periodistas, en ustedes está que tengamos un verano apacible, incluo, lxs "remolonxs de las 9", "lxs que se quedan en Buenos Aires", lxs impresentables que entramos a trabajar a las 11 de la mañana. ¡No nos jodan más!
Prefiero que vuelva el Riesgo País, si es que ustedes necesitan hacer una escala de cualquier cosa para generar pánico social









Ah, imperdible las notas de la noche de C5N sobre alimentos adulterados. Ayer: la muzarela