16.9.09

La historia, 33 años después.

Si la historia la escriben los que ganan /

eso quiere decir que hay otra historia /

la verdadera historia /

quien quiera oir que oiga
Baglieto - Quien quiera oir que oiga


Por supuesto no es solo la canción. Ni la marcha. Ni recordar que hace 33 años el aparato represivo enorme de la dictadura decidió que la vida de seis personas de entre quince y dieciocho años tenía que terminar. No es solo saber que ellxs eran estudiantes secundarios de La Plata. Que formaban parte del campo popular. Que estaban en la Unión de Estudiantes Secundarios. Que esa noche lxs secuestraron y no se lxs volvió a ver. Nunca más.

Por supuesto que no es solo eso.

También es sentirse parte de eso. De los gritos de rebeldía, de cada 16 de septiembre, pero también de cada día.

Recordar a lxs desaparecidxs de ese día no es solamente hacer un racconto. Leer la historia implica, también, vivirla, repensarla, resignificarla, dejar que esa historia se haga carne.

En el medio de las elecciones universitarias es muy complicado parar a pensar en que lxs 30.000 detenidxs-desaparecidxs tienen muchísimo que ver con la manera que tenemos hoy de enfrentar la realidad y de comabtirla. Que ellxs también tienen que ver con los deseos de cambio que nosotrxs tenemos hoy, en una ciudad muy distinta, a 33 años, pero con continuidades claras*

Es difícil, a veces, recordar en la vorágine que ellxs peleaban por mucho más que el boleto estudiantil. Ellxs peleaban por otro mundo, donde crecer y vivir en paz. Pero eran sumamente concientes de que con una marcha no se iba a solucionar nada. El gobierno militar no iba a dejar su poder porque se lo pidiera un grupo de estudiantes secundarios. Por supuesto que algo habrán hecho. Se juntaron. Se organizaron. Dieron la pelea. Y cayeron.

No cayeron, sin embargo, su lucha ni sus banderas.

Queda mucho por hacer. Queda un mundo entero por cambiar.

Queda, para empezar, leer la historia, pensarla y hacerla.

Por eso los lápices siguen escribiendo.

¡Ahora es cuándo!






* Ejemplos obvios: Darío Santillán y Maximiliano Kostecki. Julio López. Carlos Fuentealba. Más de 500 mujeres desaparecidas en manos de las redes de trata. 1 joven muertx cada 36 horas en manos de la Policía Federal. 58% de lxs niñxs en situación de riesgo.

15.9.09

una cosa, antes de fugarme del ciberespacio hacia troscolandia

.qué lindo que se esté acercando la primavera porque quiero enamorarme veinte veces yendo de Urquiza a microcentro. y qué cambiada que estoy .
empezó la fiesta democrática en la facultad
hasta nuevo aviso, al msn
adios!

24.8.09

Facebook sabe demasiado

No importa qué test haga, ni siquiera importa si es uno del horóscopo donde solo tengo que poner un rango de fechas entre las cuales está la de mi nacimiento, siempre, sine qua non, me dice lo mismo.
Creo que Facebook sabe demasiado...

18.8.09

A.P.

Volver a leer a Pizarnik. Sin llorar. Sin haber llorado. Incluso, casi riéndome.
Aprender a leer con Pizarnik para querer ser ella. Soñar con lilas y soles que se cierran sobre sí mismos y sus sentidos. (Tu voz en este no poder salirse de las cosas) ver caer las piedras turquesas de un collar africano al rededor de la fuente sobre la que está sentada la niña, vestida de negro. La condesa loca la mira desde lo alto del cerro. Y se ríe. Abre la boca y se ríe y llora.
Temerle a ese momento inevitable de la ruptura en el que me abrazo a las obras completas de Pizarnik edición Corregidor, 1991. Me hago una bolita, con las piernas contra el pecho, en una posición fetal perfecta. Las vértebras despegándose unas de otras. Quedarme dormida y despertar empapada de llanto. Salada. Café en bombacha y musculosa en la cocina y Alejandra en la mano. Recordándome que se puede morir de presencias.
Y el subte lleno de gente y resignificar y encontrar un punto de unión entre Alejandra, años 60s en París y Oliverio, años 40s en Flores. Y un celular que no suena. Y una noche que no terminar de irse ni de llegar. Querer esconderme en el lenguaje. A total conciencia de que la lengua natal.
Terminé yo solita lo que nunca había empezado.
Café en bombacha naranja y muscolosa violeta en la cocina, Alejandra mirándome. Una vez más.















(...) apaga el furor de mi cuerpo elemental

A.P.

1.8.09

Enriqueta y la espiral

La espiral dialéctica persigue a Enriqueta a lo largo de su día. Se va agrandando como una sombra o una bola de nieve. Le come la cabeza de a poco: primero le nubla la vista, después va haciendo que le baje la presión, hasta que logra que tenga que sentarse, agarrarse la cabeza y gritar qué he hecho yo para merecer esto. Porque es cierto que la historia se repite primero como tragedia y después como farse. Y es cierto que la mejor manera de explicar los tres momentos del esquema de Dri es una espiral que va a creciendo sin negar lo anterior. No menos cierto es que Enriqueta siente no haber crecido ni un poquito desde la última vez que se vio a sí misma sentada en ese sillón, pensando que si no existiera Almodóvar o Higsmith o Julio, claro.
Y entonces los paraguas, entonces los pinguinos turquesas en bañaderas en París en los 60s y Trelew.
Una vez más, Enriqueta queda perpleja frente a la realidad inverosímil y la necesidad de gritar hasta que se rompan los vidrios y entonces, en ese preciso momento en el cual se empieza a agrietarla ventana que da a la calle, se va a apagar el grito desesperado, va a sonar su celular, se va a bañar y su vida a seguir como siempre debió. Sin paraguas ni parques ni París ni tapias que saltar.

27.7.09

Rayuela. Capítulo 73. Un tornillo.

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinamos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.

Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura? Rebelión, conformismo, angustia, alimentos terrestres, todas las dicotomías: el Yin y el Yang, la contemplación o la Tatigkeit, avena arrollada o perdices faisandées, Lascaux o Mathieu, qué hamaca de palabras, qué dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama y cataclismos de living room. El solo hecho de interrogarse sobre la posible elección vicia y enturbia lo elegible. Que sí, que no, que en ésta está… Parecería que una elección no puede ser dialéctica, que su planteo la empobrece, es decir la falsea, es decir la transforma en otra cosa. Entre el Yin y el Yang, ¿cuántos eones? Del sí al no, ¿cuántos quizá? Todo es escritura, es decir fábula. ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella… ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete. Así es cómo París nos destruye despacio, deliciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino, con su fuego sin color que corre al anochecer saliendo de los portales carcomidos. Nos arde un fuego inventado, una incandescente tura, un artilugio de la raza, una ciudad que es el Gran Tornillo, la horrible aguja con su ojo nocturno por donde corre el hilo del Sena, máquina de torturas como puntillas, agonía en una jaula atestada de golondrinas enfurecidas. Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix. Nadie nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. Incurables, perfectamente incurables, elegimos por tura el Gran Tornillo, nos inclinamos sobre él, entramos en él, volvemos a inventarlo cada día, a cada mancha de vino en el mantel, a cada beso del moho en las madrugadas de la Cour de Rohan, inventamos nuestro incendio, ardemos de dentro afuera, quizá eso sea la elección, quizá las palabras envuelvan esto como la servilleta el pan y dentro esté la fragancia, la harina esponjándose, el sí sin el no, o el no sin el sí, el día sin Manes, sin Ormuz o Arimán, de una vez por todas y en paz y basta.

(desestigmatizando ciertos barrios de cierta ciudad)